Una escalera

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Sobre la magia de dialogar
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16/01/2017

Una escalera

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¿Qué veis aquí? ¿En este dibujo? ¿Tiene acaso la categoría de dibujo?

Mi hija, de dos años y medio, lo tiene claro: una escalera. La dibujó hará ya unos meses y me la enseñó orgullosa: la había dibujado en la guardería. Una escalera. Pasado ya unos meses he vuelto a preguntarle: “hija, ¿qué es esto?” Quería ver cómo el tiempo ha modelado sus estructuras mentales…pero veo, hoy aliviada, que sigue con ese espíritu indomable de la llamada inocencia más pura: me ha mirado,  orgullosa y como interrogativa (mami, ¿no lo ves?), y me ha vuelto a decir: una escalera ¡claro!

Mil preguntas estallan en mi mente de adulta. Mi mente lógica. Recuerdos también, del principito y su gorro o serpiente que se ha comido a un elefante.

Interrogantes y una certeza: no tenemos ni idea de cómo funciona la mente de un niño. No tenemos ni idea de cómo ven el mundo ellos, cómo lo veíamos nosotros desde esa atalaya de los dos años.

Y no es que mi hija no sepa lo que es una escalera: la reconoce muy bien cuando la ve, y sobretodo, cuando la sube (porque lo divertido no es verla,sino subirla, experimentarla con el cuerpo). Pero dibuja lo que nosotros llamamos un garabato, y ella tiene muy claro que dibujó una escalera.

Otra cosa que me maravilla es que nosotros somos incapaces de hacer estos “garabatos”. Hagamos un experimento, querido lector: coge un papel y un boli y garabatea algo, haz líneas simplemente. Si miras bien tu dibujo, te darás cuenta de que hay mucha racionalidad en esas líneas, que son líneas muy lejos de la espontaneidad de los niños. Que nos resulta imposible realizar dibujos como ellos. Sus líneas son completamente libres, completamente absurdas, mucho más allá del significado. Lo más sencillo está fuera de nuestro alcance

Y el placer. Un niño dibuja (o hace lo que sea) con un placer incontrolado. Está inspirado. Disfruta con cada trazo, todo su cuerpo y su alma involucrados en esa acción. El dibujo será la acción de ser dibujado. Y el resultado, obviamente: una escalera. O un rinoceronte. O un unicornio. No le importa hacerlo bien o mal, sino hacerlo, y en hacerlo está bien.

Encima del dibujo la profesora puso el nombre de mi hija: Vera. Significa verdad, en su raíz latina, y significa también fe en la raíz eslava. Este dibujo también puede ser la verdad en si misma, o la fe. Juguemos al juego de la interpretación. Será la verdad en tanto que será espejo de lo que nosotros proyectemos en él. Este dibujo, acaso toda la realidad, es un inmenso espejo de nuestra verdad. También puede ser eso: la verdad como una nebulosa más allá de la razón, como un juego de colores que es la misma conciencia expresándose a sí misma. Y la fe.

La fe como salto al vacío que da paso a un mundo de significados. La fe como elección de uno de esos significados. Al tener fe de que esto es una escalera, esto se convierte, en verdad en una escalera.

Dirán que si sólo tú tienes esa verdad, sin consenso de la sociedad, estás loco. Porque para vivir en sociedad necesitamos tener un esquema de qué es cada cosa y ese es nuestra verdad social y nuestro acto de fe colectivo. Pero…¿y si fuéramos capaces de dinamitar eso? Ahí topamos tal vez con al línea fina que separa la cordura de la locura. Acaso la mediocridad (entendida como normalidad) de la genialidad (entendida como excepcionalidad). ¿Quién sabe? Tal vez seamos incapaces de dar ese salto como somos incapaces de hacer garabatos como los niños. Pero está bien recordar, para abrir posibilidades, que hay momentos en que una cosa no es lo que es, que puede no serlo. Recordar que no tenemos ni idea.

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