Sobre la magia de dialogar

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Sobre la magia de dialogar

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Hace unos días volvía de Madrid donde fui a dar un taller sobre “filosofía y meditación” en las jornadas de Másfilosofía celebradas este año. Se trata de unas jornadas organizadas por un grupo de intrépidos filósofos para celebrar el día mundial de la filosofía y en las cuales se dan todo tipo de talleres, conferencias y mesas redondas sobre los temas más variados, eso sí, relacionados con ese arte (más que ciencia) estraño que es el del filósofo. Siempre con la clara voluntad de sacar a esa vieja señora estrambótica de la Academia y acercarla al ciudadano de a pie, hacerla un poco más urbana, un poco más chic, o será freak. Filosofía práctica diferenciándose del coach que vende métodos para todo.

De todo ese tumulto de sensaciones y experiencias lo que más me quedó es el placer de dialogar. Literalmente la magia del dialogar. La filosofía es, en su esencia, diálogo. Interior y exterior. No debate entre personas para convencer o machacar a un contrincante al que ni siquiera queremos escuchar (aunque lo pretendamos y disimulemos). No monólogo autista y narcisista.

Diálogo vulnerable y vulnerador, diálogo como apertura, diálogo con su tempo, diálogo como fin en sí mismo y no como medio, diálogo donde se crean espacios de humanidad y se tienden puentes donde cruzar las almas.

Para dialogar hay que ser vulnerable, que no débil. Para ser vulnerable hay que ser fuerte: vulnerable en tanto que uno está dispuesto a cambiar de opinión, vulnerable porque dialogar va a implicar compartir tus puntos de vista sabiendo que no tienes la verdad absoluta y exponerlos a mirada ajena y estar dispuesto a ampliar horizontes. Los temas que tratábamos no son temas de la ciencia, son temas sobre los que siempre habrá algo que decir, sobre los que no habrá nunca una verdad cerrada y universal. La verdad del diálogo se encuentra en ese ampliar horizontes, en ser capaz de ampliar la perspectiva sobre cualquier cosa (una piedra, un beso, el amor, la libertad, el silencio…). Verdaderamente revolucionario en un mundo que busca la eficacia y los resultados.

Los resultados del verdadero diálogo no se encuentran en las conclusiones (aunque estas no dejen de ser interesantes), sino en el mismo acto de dialogar. El resultado del diálogo es la comunicación entre las personas, ese tender puentes de escucha y vulnerabilidad.

Se dialoga con las palabras, sí, pero también se dialoga con el cuerpo, con las manos, con la mirada. Ahí se produce la magia de ese acto tan sencillo pero tan revolucionario y tan necesario! La creación de espacios donde cada quien es espejo del otro y nos ayuda a conocernos mejor. Tal vez dialogar sea un acto de amor profundo, no de mera racionalidad.

Y las horas pasan en un tempo distinto. El tempo del diálogo. En una sociedad con prisas y ajetreada, abrir espacios de diálogo significa abrir espacios para la lentitud. Se saborean palabras, ideas…y el tiempo parece tener otra calidad, otra plasticidad. Y en ese tempo sin tiempo aparece, a menudo, la risa. El humor. Diálogo como juego y diálogo como humor. Porque pensar es divertido, jugar con las propias ideas es divertido, pasarse al pelota dialéctica es divertido, ver la realidad con otras gafas es divertido.

Gracias Madrid y a todo el equipo y participantes de Másfilosofía, porque me hicísteis recordar una parte de mi vida que es esencial, y porque en vuestro dialogar, ahora serio, ahora loco, hicisteis vuestra pequeña gran revolución en un mundo que gira y gira y que nos arrastra a todos en sus giros que a menudo no llevan a ninguna parte. Nos vemos el año que viene! Vuela alto, piensa libre.

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