Sobre espiritualidad

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Sobre espiritualidad

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En nuestra sociedad occidental europea, cada vez se habla más y más de espiritualidad. Debajo de esa palabra se engloban muchas cosas y no queda muy claro qué puede ser esa tierra de nadie y de todos así llamada. También nos encontramos con lo que algunos han llamado el “gran supermercado” de la espiritualidad: métodos on-line para encontrar la paz en 10 días, todo tipo de yogas que venden relajación y serenidad, retiros con maestros espirituales en la naturaleza para hallar ese escurridizo “yo interior”…Un sin fin de productos hechos a la medida del ciudadano eternamente insatisfecho y eternamente en búsqueda de la felicidad. Ante este panorama lo que impera es la superficialidad y la confusión.

 

Vaya de antemano lo que dice el refrán popular: “los caminos de Dios son inescrutables”. Es decir, de algún modo, seguramente, todos los productos que se venden debajo de la marca “espiritual” pueden ser eficaces. Dependerá del momento de la persona que escoja uno u otro camino y no tanto del camino en sí. Hay momentos, hay despertares que se dan…y a veces una clase de yoga o un retiro puede suponer ese “click” que hace que una persona, de repente, halle aquello que andaba buscando (o lo que le andaba buscando le encuentre finalmente).

 

Intentaré definir lo que es espiritualidad para mi, en base a mi experiencia. Según mi modo de ver, hay dos caminos para entrar en ese reino de lo indecible (porque lo espiritual vive en la atmósfera del silencio, más allá del lenguaje): la belleza y el sufrimiento.

 

La belleza sólo se nos muestra en la contemplación. Contemplar va a suponer un acto de ver sin juzgar. Cuando observamos algo que vemos bello, lo estamos viendo en una especie de resplandor…como si se nos mostrara por primera vez en su esencia. Yo nací con ese don que es una sensibilidad abierta que ve belleza en casi todas partes (digo casi porque si la viera por doquier sería lo que los antiguos orientales llaman un “iluminado” y disto mucho de eso). Ver belleza es sentir el misterio de aquello que se nos aparece como bello. Es verlo en su verdad y su bondad últimas.

La belleza nos conecta con un mundo sutil y a la vez tangible, un mundo que, como fragancia, nos trae paz en el mismo instante que se nos manifiesta.

 

El sufrimiento es la otra vía que conozco. Por mi propia biografía y por mi trabajo el último año me voy dando cuenta de que la única vía de trascender el sufrimiento es el llamado “camino espiritual”. Y no me refiero a ninguna escuela en concreto ni enseñanza ni religión. La espiritualidad abarca lo religioso pero no se ciñe a ello. La persona sufriente, si quiere salir de su sufrimiento, va a tener que confiar, en un primer lugar. Esa confianza es ya abrirse a un ámbito donde no hay certezas ni razones, puro acto de fe. Esa confianza es ya espiritualidad. También va a tener que darse cuenta que su sufrimiento a menudo tapa un dolor más hondo, y que es ese dolor lo que le está pidiendo ser atendido. Sólo podrá ser atendido en un acto de conciencia y de amor. Esa conciencia que ve el dolor propio y lo abraza con mirada compasiva, es ya de por sí un acto del espíritu, y no del ego. Al espírtiu se llega por una experiencia, no por un razonamiento lógico. Esa dimensión espiritual que vive en la persona siempre estuvo ahí, simplemente que no sabíamos cómo conectar con ella. Es en ese sentido que algunas tradiciones hablan de la paz como algo que ya vive en nosotros, como un espacio que está y palpita en lo que llamamos corazón. Corazón como centro de la persona, como centro vital en su más amplio sentido (vida física, emocional y espiritual).

 

Lo espiritual es también un ámbito de comunión y de unidad. Una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es la soledad a la que nos vemos abocados como individuos. No me refiero a esa soledad de la que hablé en otro artículo, sino una soledad en la que nos vemos separados de los otros, y del mundo, y donde prima la ley de la supervivencia y del miedo. Somos como niños adultos que perdieron la conexión con el mundo (naturaleza, personas y Dios o trascendencia) y que vagan a la deriva en una búsqueda de sentido angustiosa. Entrar en contacto con ese ámbito espiritual va a despertar una experiencia de unidad, de ser uno con ese mundo perdido, que siempre estuvo ahí. Para vivir esa experiencia la razón nos sirve de poco…se trata de trascenderla, no olvidándola, sino integrándola. En esa unidad todo tiene sentido, sin que podamos dar un sentido determinado. Toda nuestra experiencia de vida es aceptada y liberada de su peso. En lo espiritual nos volvemos ligeros, como pájaros o niños.

 

He conocido gente que se llamaba espiritual que estaba lejos de transmitir ese testimonio de conciencia, amor y unidad. He conocido gente que nunca supo lo que era “lo espiritual” pero cuyo espíritu brillaba y era fuente de calor para los que estábamos cerca. Y es que “el viento” (otra palabra para llamar al espíritu) sopla donde quiere.

 

Levanto la cabeza y veo el viento mecer los árboles en frente de mi ventana. Oigo las voces de la gente en la calle. En este mismo instante, en este presente (eterno), es donde puedo sentir y sentirme, más allá de los sentidos. Y sé que soy (sin importarme mucho quién sea ya)

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