El Perdón

software-557604_1920
El gesto de Buda
03/10/2016
el-rostro-de-buda
El rostro de Buda
06/10/2016

El Perdón

elperdon

Perdonar. Del latin “per-donare”: palabra compuesta del prefijo “per” que significa “total”, “absoluto” (entre otras cosas) y “donare” que hace referencia a “regalar”, a “dar”.

Con eso vemos que en su propia matriz, lingüística,

el perdón es un regalo, y un regalo con carácter absoluto.

Con el paso del tiempo, esta palabra se llenó, al menos en occidente, de connotaciones religiosas, y toda ella huele a iglesia y a capilla cerrada. Perdonar, el pedir perdón huele a pecado, a ave maría purísimas, a esas cosas de los abuelos que tenían miedo de todo y no sabían nada y a todo se sometían. Porque… ¿qué habrá que perdonar en una sociedad donde parece que “todo vale”?

El perdón remite demasiado a otra noción, la de falta, la de haber faltado a alguien o a sí mismo…a la noción de “mal” en una sociedad que parece ya no tener muy claro lo que sea el mal o lo que sea el bien (conceptos, por otro lado que cada uno tiene que revisar o revisitar, redefinirse para sí mismo…porque no hay moral si no es autónoma, como decía el Sr. Kant hará ya algunos siglos).

 

Hace días, semanas que reflexiono sobre el perdón. Siempre me tomo un tiempo antes de empezar a escribir en estas páginas alguna de mis reflexiones en espiral. Los conceptos primero me asaltan y luego revolotean a mi alrededor durante semanas, apareciendo en los momentos más inesperados…Y el perdón apareció así y me siguió en estos días. Por eso me pongo a escribir hoy, para que su sombra me deje en paz. Se me daba sobretodo, que era uno de esos conceptos que tiene “mala fama”, del que se habla en voz baja, y en la mayoría de casos mal… del que se olvidó su importancia, me atrevo a llamar, fundamental, en este camino que es la vida, la vida del espíritu encarnado, del espíritu que hecho carne tiene que lidiar con la materia para…qué? Acaso para sentirse a si mismo, para recordarse… pero eso sería ya otro tema.

Ante todo me parece que el perdón, este regalo con carácter absoluto, nada tiene que ver con la justicia, y sí mucho con el amor.

Perdonar es un acto de amor, de amor rindiéndose, y no un acto de justicia.

En rigor, todo es perdonable. En rigor, todo tiene que ser perdonado. Y esto no suena bien. Porque hay actos, que en justicia, son imperdonables. Cómo se va a perdonar a un asesino? Cómo se va a perdonar a un violador?…En rigor y en justicia, estos actos y los sujetos que los cometieron son imperdonables…

 

Pero en amor y en escándalo (de amor) el único camino (y véase que hago incapié en el hecho de que es el único) es el del perdón. No es que el perdón sea in-moral, pero pertenece a otro ámbito, a otra dimensión, más allá de lo moral. El perdón es en esencia a-moral, trasciende toda moralidad y es por eso que nos resulta escandaloso, de hecho, incomprensible. Porque no hay nada que comprender: un regalo se da porque sí, no para conseguir algo a cambio.

En este transitar que es el vivir, como decía el buda, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Es decir, no podemos evitar que nos sucedan cosas dolorosas (si voy por la calle y me caigo, seguro que duele), pero sí podemos evitar quedarnos en ese dolor más tiempo del necesario. En esa tarea de desapego, de amor…el perdón juega un papel esencial como acto de soltar lastre, pesos y ataduras. Y es en ese sentido que digo que el perdón, esta forma absoluta del amor, es el único camino: porque todos tenemos cosas que perdonar, perdonarnos y por las que ser perdonados…y sólo conseguiremos avanzar como personas si soltamos ese sufrimiento.

Vayamos ahora a los dos sujetos que intervienen en esta acción (entiéndase que ambos polos de la misma pueden ser un único individuo: uno puede perdonarse a si mismo).

El pedir perdón, el sujeto que pide perdón. En este mundo donde todo parece estar patas arriba, a menudo, en el día a día, una tiene la sensación de que pedir perdón es como rebajarse, humillarse…Cuando de hecho esa acción implica un tremendo acto de humildad y no de humillación. Y si para ser humilde hay que ser valiente, para pedir perdón hay que ser valiente también. Y consciente. Consciente de que hicimos mal (con o sin intención), de que nos equivocamos, o de que nos gustaría que las cosas fueran de otra manera. Ser consciente no implica haber tenido mala intención en el acto, es decir, implica el reconocimiento del límite humano, que aunque no queremos, a menudo nuestro actuar puede ofender a alguien…como dice el dicho popular: el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. Y es así como, si siempre deberíamos agradecer (tanto en lo bueno como en lo malo) me parece a mi que siempre deberíamos pedir perdón, esto es, ser suficiente humildes, valientes y cosncientes de que no dominamos las consecuencias de todas nuestras acciones.

Este “siempre pedir perdón” nada tiene que ver con esas personas que siempre están excusándose, como si su sólo respirar tuviera que ser un insulto al universo. Ese tipo de actitud tiene más que ver con una baja autoestima y con la cobardía que con el auténtico pedir perdón. Cuando digo que siempre deberíamos pedir perdón es simplemente para recordarnos de que siempre deberíamos ser conscientes de que nos podemos equivocar, que de hecho nos equivocamos y que está en el camino del ser buena persona el reconocerlo. Como decía otra vez el filósofo Kant (no con estas palabras, por supuesto): la única manera de saber si una persona es buena es la mala conciencia de la misma…es decir: el bueno siempre dudará que lo sea…siempre le quedará esa duda…que es un espacio de conciencia, mientras que el que nunca duda de si ha hecho el bien o no…de esa persona difícilmente se podrá decir que es buena (porque cabria preguntarse también si existe la bondad sin conciencia).

El sujeto que perdona. Inversamente, parece que el hecho de ser víctima, y por lo tanto tener el “poder” de perdonar o no, inviste a la persona de una especie de elevación moral, de superioridad. Muchas veces constaté en mi día a día, entre gente llamada adulta, esa sensación de que, ante la ofensa ajena, la persona que ha sufrido la misma parece elevarse a otra categoría moral, como el hecho de tener que perdonar les diera…eso mismo, poder sobre la otra persona (y normalment para humillarla). De ahí los ” pues no te perdono”, o los “perdono pero no olvido” o los “esto es imperdonable”…Y el juego de egos se perpetúa hasta la saciedad (o será suciedad). El tema es darse cuenta (sobretodo en los hechos graves, cuando ha sucedido algo de carácter irremediable) de que no se trata de un acto de voluntad, que uno pueda o no perdonar, sino darse cuenta de que el único camino es el del perdón y que este, en muchos casos, no depende de nosotros. A veces uno quisiera perdonar…pero no puede. El último salto, es un salto de amor. El último regalo es un regalo de amor, donde la voluntad se rinde. Un don, tanto para el que perdona como para el que es perdonado. Se necesita humildad, para ambas acciones. Y tanto el que perdona como el que es perdonado, si es de corazón, experimentan en ese momento el perdón como un acto de liberación: del pasado, del sufrimiento que el pasado trajo consigo.

Y en este rizar el rizo, todo pedir perdón a otro es pedirse perdón a uno mismo. El camino hacia uno mismo, el encuentro con la paz interior, pasa por la aceptación de quien uno es en su totalidad, y eso es perdonarnos lo que hemos sido, lo que quisiéramos ser, lo que deberíamos ser…eso pasa por la aceptación, que surge del mismo acto del perdón liberador.

Sólo aceptando, perdonando, sanando…con humildad y valentía, podremos ir construyendo una vida más digna, humana, pacífica y feliz.

Comments are closed.