Bailando fados

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Bailando fados

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Sí, confieso: hoy escuché, después de un tiempo, música de fado. Aquí, en el despacho donde trabajo, en casa, en mi madriguera con ventana al universo entero. Y (me) volé. Esta música me envuelve, me transforma y me transporta a algún lugar muy lejos de estas coordenadas espacio tiempo. Y sólo tengo ganas de bailar, en un trance extraño, que me sucede cuando escucho  esta música.

Sigo sorprendiéndome. ¡Hace tantos años ya que me encontré con el fado o que este me encontró a mi! Hubo un tiempo en que mi vida era  fado:  vivía escuchando sus canciones de la mano de las grandes intérpretes y pasaba horas y horas sintiéndolo y bailándolo, buscando la manera de bailarlo. Mi alma buscaba la manera de expresarse a través del cuerpo y de la poesía de las letras fadistas. Hoy ya no vivo mi día a día con esa música, con esa vibración. Pero , cuando la vuelvo a escuchar, me sorprende  la intensidad que me sobrecoge y que me lleva lejos, muy lejos… Después de tantos años, y esta música sigue teniendo el mismo poder que el primer día que la oí.

Aún me acuerdo de ese día como si fuera ayer. Era una noche de verano hace 20 años: fui a cenar a casa de un amigo que me había invitado a comer con un grupo de gente que no conocía. Recuerdo perfectamente haber llegado a ese piso del barrio de la Geltrú de Vilanova, barrio de casitas blancas y con mucho encanto,  entrar y escuchar  una música que todo lo transformó. Aún veo los comensales, la luz de la lámpara. Y esa música que llenaba la estancia y el alma. Pregunté qué era. Me dijeron: fado. Al día siguiente fui a una tienda  y me compré mi primer cd de fados: As garras dos sentidos, de Mísia. Fue la banda sonora de todo ese verano.

También recuerdo que en septiembre, por casualidad, mi hermano me dijo: ”oye, mañana actúa esa chica que te gusta tanto en Barcelona”. Compré rápidamente un par de entradas con el escaso dinero que tenía e invité a mi novio de la época. He vuelto a ir a otros conciertos de fado, pero ninguno dejó una huella como la que este me causó.. Algo inesperado sucedió: apareció Mísia en escena, con una túnica negra, descalza, empezaron los primeros compases  y las primeras palabras: “nao quero cantar amores…” y tuve la sensación de  salir del cuerpo y de que no existía nada en el universo más que esa voz, ni siquiera yo misma. Black out. Solo esa voz.

 

Pasaron los años y recuperé mis sueños de niña por la danza. En mis andares por las distintas técnicas se unió, de la forma más natural, mi pasión por el baile y mi pasión por el fado. En un momento dado, lo vi claro. Lo sentí…y pasé años buscando la manera de volver palabra del cuerpo y poesía del movimiento esa palabra cantada que tanto me tocaba .

¿Cuál es la magia del fado para mi? Lo que me transporta es su poesía…y algo más: fado es un estado del espíritu. Nos habla de esa esencia humana invisible que sabe que siendo humana, no es de este mundo. Fado significa destino, es decir, el mismo destino del hombre de sentir una llamada hacia algo más grande que lo trasciende. Pero un destino callado, silencioso..siempre presente, que nos moldea desde lo profundo

 

Y me convertí en bailarina de fados. O bailadora de fados.O danzafadista.  Estudié distintas técnicas (butho, contemporáneo, flamenco, danza zíngara y oriental) e investigué  para poder expresar con el cuerpo lo que mi alma quería expresar con esa música. Para mi bailar fados es entrar en un estado de trance: se trata de trascender mi propia corporalidad y personalidad para llegar a algo parecido al alma mundi. Hoy retomo el tema porque es posible que, después de tantos años, tenga el privilegio de bailar en el festival interfado de Lleida que tendrá lugar en otoño. Hoy retomo el tema porque el fado me retomó de algún modo, aunque nunca me había dejado.

 

La pregunta que todo el mundo me hace siempre es la misma: Pero…”los fados se bailan?” Y…”Cómo se baila un fado?”. Yo siempre contesto que no lo sé, pero que los bailo. Si le preguntásemos a un pájaro cómo vuela no sabría decirte…pero vuela. Todo lo natural vive y se desarrolla sin saber cómo vive ni cómo se desarrolla. Así mi historia con el fado.

 

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